17/4/11

"El Amor de Dios por el Pecador" Testimonios acerca de la Conducta Sexual. EGW


El cielo y el corazón del hombre.-Y a la par que Cristo abre el cielo al hombre, la vida que imparte abre el corazón del hombre al cielo. El pecado no sólo nos aparta de Dios, sino que destruye en el alma humana el deseo y la aptitud para conocerlo. La misión de Cristo consiste en deshacer toda esta obra de mal. El tiene poder para vigorizar y restaurar las facultades del alma paralizadas por el pecado, mente oscurecida, y la voluntad pervertida. Abre ante nosotros las riquezas del universo y nos imparte poder para discernir estos tesoros y apropiarnos de ellos.- Ed 28, 29.

Cada individuo es conocido por Jesús.- Jesús nos conoce individualmente, y se conmueve por el sentimiento de nuestras flaquezas. Nos conoce a todos por nombre. Conoce la casa donde vivimos, y el nombre de cada ocupante. Dio a veces instrucciones a sus siervos para que fueran a cierta calle en cierta ciudad, a una casa determinada, para hallar a una de sus ovejas. Cada alma es tan plenamente conocida por Jesús como si fuera la única por la cual el Salvador murió. Las penas de cada uno conmueven su corazón. El clamor por auxilio penetra en su oído. El vino para atraer a todos los hombres a sí. Los invita: "Seguidme", y su Espíritu obra en sus corazones para inducirles a venir a él. Muchos rehúsan ser atraídos. Jesús conoce quiénes son. Sabe también quiénes oyen alegremente su llamamiento y están listos para colocarse bajo su cuidado pastoral. El dice: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen".  Cuida, de cada una como si no hubiera otra sobre la faz de la tierra. -DTG 445.

 Posesión demoníaca reprendida siete veces.-
María había sido considerada como una gran pecadora, pero Cristo conocía las circunstancias que habían orientado su vida. El hubiera podido extinguir toda chispa de esperanza de su alma, pero no lo hizo. Era él quien la había librado de la desesperación y la ruina. Siete veces ella había oído la reprensión que Cristo hiciera a los demonios que dirigían su corazón y su mente. Había oído su intenso clamor al Padre en su favor. Sabía cuán ofensivo es el pecado para su inmaculada pureza, y con su poder ella había vencido.

La transformación de María.- Cuando a la vista humana su caso parecía desesperado, Cristo vio en María aptitudes para lo bueno. Vio los mejores rasgos de su carácter. El plan de la redención ha investido a la humanidad con grandes posibilidades, y en María estas posibilidades debían realizarse. Por su gracia, ella llegó a ser participante de la naturaleza divina. La que había caído, y cuya mente había sido habitación de demonios, fue puesta en estrecho compañerismo y ministerio con el Salvador. Era María la que se sentaba a sus pies y aprendía de él. Fue María la que derramó sobre su cabeza el precioso ungüento, y bañó sus pies con sus lágrimas. María estuvo junto a la cruz y lo siguió hasta el sepulcro. María fue la primera que proclamó al Salvador resucitado.

Cuanto mayor el pecado, mayor la necesidad de Jesús.- Jesús conoce las circunstancias que rodean cada alma. Tú puedes decir: Soy pecador, muy pecador. Puedes serlo; pero cuanto peor seas, tanto más necesitas a Jesús. El no se aparta de nadie que llore contrito. No dice a nadie todo lo que podría revelar, pero ordena a toda alma temblorosa que cobre aliento. Perdonará libremente a todo el que acuda a él en busca de perdón y restauración. Cristo podría encargar a los ángeles del cielo que derramen las redomas de su ira sobre nuestro mundo, para destruir a los que están llenos de odio contra Dios. Podría limpiar este negro borrón de su universo. Pero no lo hace. El está ahora junto al altar del incienso presentando las oraciones de los que desean su ayuda. A las almas que se vuelven a él en procura de refugio, Jesús las eleva por encima de las acusaciones y contiendas de las lenguas. Ningún hombre ni ángel malo puede acusar a estas almas. Cristo las une a su propia naturaleza divino-humana. Ellas están de pie junto al gran Expiador del pecado, en la luz que procede del trono de Dios. "¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, está a la diestra de Dios, y también intercede por nosotros" (Rom, 8: 33, 34)".-DTG 521,522.

Un Ayudador que nunca falla.- El alma que se ha entregado a Cristo es más preciosa a sus ojos que el mundo entero, El Salvador habría pasado por la agonía del Calvario para que uno solo pudiera salvarse en su reino. Nunca abandona a un alma por la cual murió. A menos que sus seguidores escojan abandonarlo, él los sostendrá siempre.

En todas nuestras pruebas, tenemos un Ayudador que nunca nos falta. El no nos deja solos para que luchemos con la tentación, batallemos contra el mal, y seamos finalmente aplastados por las cargas y tristezas. Aunque ahora esté oculto para los ojos mortales, el oído de la fe puede oír su voz que dice: No temas; yo estoy contigo. Yo soy "el que vivo, y he sido muerto; y he aquí que vivo por siglos de siglos" (Apoc. 1: 18). He soportado vuestras tristezas, experimentado vuestras luchas, y hecho frente a vuestras tentaciones. Conozco vuestras lágrimas: yo también he llorado. Conozco los pesares demasiado hondos como para ser susurrados en algún oído humano. No penséis que estáis solos y desamparados. Aunque en la tierra vuestro dolor no toque cuerda sensible alguna en ningún corazón, miradme a mí, y vivid. "Porque los montes se moverán, y los collados temblarán; mas no se apartará de ti mi misericordia, ni el pacto de mi paz vacilará, dijo Jehová, el que tiene misericordia de ti" (Isa. 54: 10).-DTG 469, 447.

Odio por el pecado, amor por los pecadores.- Jesús se enderezó y mirando a la mujer le dijo: "¿Mujer, dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella dijo: Señor, ninguno. Entonces Jesús le dijo. Ni yo te condeno; vete y no peques más". La mujer había estado temblando de miedo delante de Jesús. Sus palabras: "El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la piedra el primero", habían sido para ella como una sentencia de muerte. No se atrevía a alzar sus ojos al rostro del Salvador, sino que esperaba silenciosamente su suerte. Con asombro vio a sus acusadores apartarse mudos y confundidos; luego cayeron en sus oídos estas palabras de esperanza: "Ni yo te condeno: vete, y no peques más". Su corazón se enterneció, confesando sus pecados con amargas lágrimas.

Comienzo de una vida nueva. Esto fue para ella el principio de una nueva vida, una vida de pureza y paz, consagrada al servicio de Dios. Al levantar a esta alma caída, Jesús hizo un milagro mayor que al sanar la más grave enfermedad física. Curó la enfermedad espiritual que es para muerte eterna. Esa mujer penitente llegó a ser uno de sus discípulos más fervientes. Con amor y devoción abnegados, retribuyó su misericordia perdonadora. En su acto de perdonar a esta mujer y estimularla a vivir una vida mejor, el carácter de Jesús resplandece con la belleza de la justicia perfecta. Aunque no toleró el pecado ni redujo el sentimiento de culpabilidad, no trató de condenar sino de salvar. El mundo tenía para esta mujer pecadora solamente desprecio y escarnio; pero Jesús le dirigió palabras de consuelo y esperanza. El Ser sin pecado se compadece de las debilidades de la pecadora, y le tiende una mano ayudadora. Mientras los fariseos hipócritas la denunciaban, Jesús le ordena: "Vete, y no peques más".

El amor cristiano es lento para censurar.- No es seguidor de Cristo el que, desviando la mirada, se aparta de los que yerran, dejándolos proseguir sin estorbos su camino descendente. Los que se adelantan para acusar a otros y son celosos en llevarlos a la justicia, son con frecuencia en su propia vida más culpables que ellos. Los hombres aborrecen al pecador, mientras aman el pecado. Cristo aborrece el pecado pero ama al pecador; tal ha de ser el espíritu de todos los que lo sigan. El amor cristiano es lento en censurar, presto para discernir el arrepentimiento, listo para perdonar, para estimular, para afirmar al errante en la senda de la santidad, para corroborar sus pies en ella.-DTG 426 427.

Jesús, amigo de pecadores.- Quisiera llamar la atención a las preciosas promesas de la Palabra de Dios. No todos los hijos de Dios poseen las mismas facultades, el mismo temperamento, la misma seguridad y determinación. Me alegra de veras saber que nuestros sentimientos no son evidencia de que no somos hijos de Dios. El enemigo nos tentará a pensar que hemos hecho cosas que nos han separado de Dios y que él ya no nos ama. Pero el Señor todavía nos ama, y debemos saberlo. Por eso nos ha dejado escritas soluciones para casos como el suyo. "Si alguno hubiera pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo" (1 Juan 2: 1). "Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1: 9). Ahora bien, mi querida hermana, tengo evidencias de que el Señor la ama; y el preciado Salvador, que se dio a sí mismo por Ud. no la rechazará porque haya sido tentada y, en su flaqueza, haya sido vencida. El todavía la ama. Pedro negó a su Señor en la hora de la prueba, pero Jesús no abandonó a su pobre discípulo. Aunque Pedro llegó a odiarse a sí mismo, el Señor lo amaba y, después de la resurrección, lo llamó por su nombre y le envió un afectuoso mensaje. ¡Qué Salvador bondadoso, amante y compasivo tenemos! Nos ama aunque cometamos errores.

Dulces promesas de Dios.- No se angustie alejada de los brazos del querido Salvador, sino descanse en él confiadamente y con fe. El la ama; se preocupa por Ud. La está bendiciendo y le conferirá su paz y su gracia.  Le dice: "Tus pecados te son perdonados" (Mat. 9: 2). Ud. puede sentirse deprimida debido a flaquezas corporales, pero ello no es una evidencia de que el Señor no está obrando en su favor diariamente. La perdonará, y abundantemente. Una su alma a las dulces promesas de Dios. Jesús es nuestro amigo permanente, indefectible, y quiere que Ud. confíe en él. Dios está siempre activo, y lo mismo pasa con Satanás. Este tratará de desviar nuestras mentes del poderoso Ayudador, para que ponderemos la degradación de nuestras almas, sintamos que todas sus facultades han sido derrochadas y que Dios ha sido deshonrado. Mire fuera de Ud., a la perfección de Cristo.

Cristo nuestra justicia.- No podemos fabricarnos justicia. Cristo tiene en sus manos las vestiduras puras de justicia para vestirnos de ellas. Se expresará con palabras de perdón y promesa. Ofrece a nuestras almas sedientas la fuente de aguas vivas para que nos refrigeremos. Nos invita a acudir a él con todas nuestras cargas, pesares, y nos dice que hallaremos descanso. Si nos dirigimos a él, debemos creer que en su palabra hay perdón, que tenemos que ejercer nuestra fe y descansar en su amor.  El corazón es movido por todo lo que es tierno, puro y elevado: aspiración noble, gozo santificado, motivos puros, compasión y ayuda que se torna indispensable.

Ofrecimiento de perdón gratuito.- Jesús sabe de las culpas del pasado y nos ofrece perdón; no debemos deshonrarlo dudando de su amor. El sentimiento de culpa debe ser depositado al pie de la cruz del Calvario. La perversidad ha envenenado las fuentes de la vida y la verdadera felicidad. Jesús nos dice: "Pon todo sobre mí. Yo cargaré con tus pecados. Te daré paz. No desprecies más tu estima propia porque te he comprado con mi propia sangre. Eres mío, Fortaleceré tu voluntad debilitada y eliminaré tu remordimiento por el pecado". Vuelva luego a él su corazón agradecido, tembloroso de incertidumbre y tómese de la esperanza que le ofrece. Dios aceptará su corazón contrito y quebrantado, y le extenderá perdón gratuito. Le ofrece adoptarla en su familia y también su gracia para ayudarla en sus flaquezas. Tomada de su mano, déjese guiar; el querido Salvador la conducirá paso a paso. Busque las promesas del Señor. Si Satanás amenaza su mente, aléjese de él, aférrese a las promesas de Dios y conforte su alma con el esplendor de ellas. Las nubes pueden ser negras, pero cuando las invade la luz, se tornan como oro brillante debido a la gloria de Dios que las ilumina. Que el Señor la bendiga con las pocas palabras que me impulsó a escribirle.-Carta 99,1896.

Objetos del amoroso interés de Dios.-  Por medio de Jesucristo, el Señor tiende siempre su mano en señal de invitación a los pecadores y caídos. Quiere recibirlos a todos. A todos les da la bienvenida. Se gloría en perdonar a los mayores pecadores. Arrebatará la presa al poderoso, libertará al cautivo, sacará el tizón del fuego. Extenderá la cadena de oro de su gracia hasta las simas más hondas de la miseria humana y elevará al alma más envilecida por el pecado. Todo ser humano es objeto del amoroso interés de Aquel que dio su vida para convertir a los hombres a Dios. Como el pastor de su rebaño, cuida de las almas culpables y desamparadas, expuestas a la aniquilación por los ardides de Satanás.-MC 119.

(Testimonios acerca de la Conducta Sexual 285-291)

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