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9 "El Factor Supremo de la Dicha Familiar"


“Tenga un Hogar Feliz,
su Familia lo merece”
Lección 09 de 10

Hace algún tiempo una revista de la ciudad de Nueva York publicó el estudio hecho acerca de dos familias norteamericanas. Por un lado estaba el hogar de Maximiliano Jukes, hombre incrédulo casado con una joven tan irreligiosa como él. Hasta la fecha en que se completó el citado estudio, se observó que sus descendientes fueron 1.026, de los cuales 300 murieron muy pronto; 100 fueron encarcelados por diversos delitos; 109 se entregaron al vicio y a la inmoralidad; 102 se dieron a la bebida, Toda esta familia costó al estado de Nueva York 1.100.000 dólares.
Por el otro lado se examinó la familia de Jonatán Edwards, hombre cristiano que se unió en matrimonio con una mujer igualmente creyente.
Sus descendientes fueron 729, de los cuales 300 fueron predicadores; 65 profesores; 13 rectores de universidades; 6 autores de buenos libros;
3 diputados, y 1 vicepresidente de la nación.
Esta familia no costó ni un solo dólar al estado. La diferencia abismal entre ambas familias no obedece a la simple casualidad. Mientras la primera de ellas cosechó los resultados de despreciar el valor de la fe, la segunda disfrutó de prosperidad y benefició a la sociedad como fruto o de una fe debidamente inculcada y practicada. El marcado contraste entre las referidas familias ilustra el poder innegable de la fe en Dios, como una fuerza espiritual que eleva y ennoblece los hogares donde se la cultiva sabiamente.
Una de las causas del descalabro mundial que tanto nos aflige –y que comienza por los hogares mal establecidos– es precisamente la ausencia de fe en el corazón del hombre y en el corazón de la sociedad: el hogar. Y como consecuencia de tal materialismo, descreimiento, insensibilidad espiritual e incredulidad, el mal prolifera por doquier y se desarrolla sin control. Es decir, la decadencia típica de nuestra civilización obedece a un abandono general de los valores permanentes que derivan de Dios y la fe en él.
Si la fe cristiana se cultivara en todos los hogares, no existiría rebeldía filial, ni delincuencia juvenil, ni afición a las drogas, ni prostitución, ni ninguno de los
males característicos de nuestros días.
1. LAS MARAVILLAS DE LA FE
En casi todos los casos el matrimonio se inicia ante el altar, cuando los contrayentes solicitan la bendición divina sobre su nueva vida.
Pero es muy común advertir que poco después de esa hora sobreviene un olvido de Dios, y en el hogar recién formado se descuidan los valores espirituales y la fe en Dios comienza a agonizar. No es de extrañar entonces que con el transcurso del tiempo ese hogar vaya cargándose de problemas, y que ni los padres ni los hijos vivan felices en él. La planta de la felicidad no puede alcanzar su máximo desarrollo en un hogar donde no exista el terreno propicio de la fe.
Pero, ¿qué es la fe? Olvidemos definiciones teológicas, y digamos que la fe en Dios es confianza en él y la seguridad de que para todos los problemas de la vida podemos acudir a él y encontrar oportuno socorro.
De ahí que en los hogares donde se cultiva esta clase de fe no existen el temor, la ansiedad o la desesperación. Siempre reinan la paz, la alegría y la convicción de que el mismo Dios que se buscó ante el altar sigue bendiciendo a toda la familia.
Y cuando la adversidad azota el hogar por causa de una enfermedad incurable, la pérdida del trabajo o la desaparición de un ser querido,
una vez más la fe humilde en Dios obrará maravillas, dando fortaleza y resignación a todos los miembros de la familia. Ante las mismas circunstancias, mientras el incrédulo se hunde en la desesperación, el creyente afrontará las mayores adversidades con total entereza, en la absoluta confianza de que su buen Padre celestial no permitirá que le ocurra nada que en última instancia no sea para su propio bien y el de los suyos.
Ha puesto su mano en la del Altísimo, y está dispusto a recorrer –sin quejas ni amarguras– el sendero que le trace la Mano Guiadora, ya sea que transcurra por asoleadas llanuras o por valles umbríos. Todo lo aceptará con fe y por fe. Probablemente esta fe alcance su máxima manifestación cuando el alma está por sumirse “en valle de sombra de muerte” (Salmo 23:4).
Los que han cultivado la vida espiritual, tanto en el hogar como en privado, no le temen a la muerte.
Saben que es sólo un sueño del cual despertarán. ¿De qué, pues, van a temer?
La fe genuina, entonces, es mucho más que una actitud mental por la que se aceptan principios y doctrinas. Es un poder que vitaliza el corazón, ennoblece el carácter de padres e hijos, y llena de felicidad a toda la familia.
No de balde Jesús exhortó: “Tened fe en Dios” (S. Marcos 11:22).
2. EL DIALOGO DE LA FE
Varios turistas extranjeros habían llegado al pie de los Alpes, con el deseo de conseguir unos ejemplares raros de flores que sólo crecían en la cumbre de dichos montes. Los forasteros estaban dispuestos a pagar una buena suma de dinero a quien pudiera recoger esas flores. Después de buscar intensamente, encontraron en una aldea vecina a un muchacho que se ofreció para escalar la montaña, Al día siguiente, el tierno muchacho regresaba de la cumbre con un gran manojo de aquellas flores tan codiciadas. Los turistas no pudieron menos que preguntarle cómo se había animado a subir tan alto, a correr ese riesgo. “¿No has tenido miedo?” volvieron a preguntarle. Y el muchacho con aire de valor y confianza, contestó: “No, miedo no, en casa somos pobres, y yo necesitaba ganar este dinero.
Además, yo sabía que mi mamá estaría orando por mí”. En la casa de este valiente joven la oración formaba parte de los hábitos cotidianos de toda la familia.
La madre oraba por sus hijos, y éstos por su madre. Y así la familia mantenía contacto con Dios y recibía su ayuda divina.
Orar es simplemente dialogar con Dios, o como lo dijera una preclara autora, “es el acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo”.
Es la expresión espontánea de nuestras necesidades ante el omnipotente Ayudador, quien siempre está dispuesto a darnos lo que sea para nuestro bien.
“Pedid, y se os dará”, declara Jesucristo, y añade: “¿Qué hombre hay de vosotros, que sí su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” ¿Podríamos pedir una promesa mejor que ésta? ¿Quiere usted tener un hogar feliz, unido y bendecido continuamente por Dios? Entonces incluya la oración como un hábito cotidiano, del cual participe toda la familia, padres e hijos por igual.
Unos rogando por los otros, dando gracias a Dios por sus cuidados permanentes y pidiéndole que haga grata y próspera la vida de toda la familia.
Si oramos con fe y humildad, dispuestos a hacer lo mejor de nuestra parte, nuestras plegarias tendrán respuesta. Una familia que eleva una breve oración por la mañana y por la noche, jamás fracasará. Los esposos serán más unidos y felices entre sí; los hijos serán más amantes y obedientes para con sus padres. ¿No deberíamos pedirle a Dios lo que una vez le pidieron los discípulos a su Maestro: “Señor, enséñanos a orar”?
3. EL LIBRO DE TODOS LOS HOGARES
La fe y la oración confieren belleza a la vida del hogar. Invitan a Dios a ser una realidad presente en el seno de la familia.
Tal como lo decimos en el título de esta lección, constituyen “el factor supremo de la dicha familiar”.
Pero para que estos dos pilares de la vida espiritual tengan real validez, deben apoyarse en el fundamento inamovible de la verdad divina, en la Revelación escrita del Creador, es decir, las Sagradas Escrituras.
Es en sus páginas donde se encuentra el alimento que nutre y mantiene lozana la fe. Y es también en ese libro excepcional, la Biblia, donde el hombre se descubre a sí mismo, porque a manera de espejo le va mostrando cómo es –con sus errores y defectos– a la vez que le da vigor para transformar su corazón.
La Biblia y sus enseñanzas no podrían faltar en ningún hogar de éxito, y cuando dichas enseñanzas se toman en cuenta, se producen las más hermosas transformaciones, como lo ilustramos a continuación.
Un chico de once años de edad repentinamente es interrumpido por dos hombres incrédulos en plena vía pública. Le preguntan: “Dinos, ¿sabes tú donde está el cielo?” Y luego de un corto silencio, el niño contestó: “Sí. ¿Ven aquel gran edificio de departamentos? Allí, en el tercer piso y en el departamento 2, allí está el cielo”. Confundidos los hombres ante la insólita respuesta, le pidieron al niño que se explicara, que no entendían lo que acababa de decir. El pequeño entonces les narró que tiempo atrás su papá había sido un borracho empedernido.
Cuando llegaba a su casa, él y sus dos hermanitos huían de aquella siniestra
figura de padre. En la casa no había comida; los niños no tenían ropa ni calzado.
La esposa y madre vivía atormentada, y a menudo era castigada. “Y en su dolor –continuó diciendo el niño– mi mamá muchas veces decía desesperada: ‘¡Esta casa es un infierno–, esta casa es un infierno!’ Pero cierto día, señores, mi papá comenzó a creer en Dios y a leer la Biblia. Se hizo cristiano y dejó de beber. Desde entonces en casa tenemos comida, ropa y zapatos. Y ahora somos tan felices, que mamá no se cansa de exclamar: ‘¡Esta casa es un cielo, esta casa es un cielo!’ Por eso les digo, señores –terminó narrando el niño– que allí en el tercer piso y en el departamento 2, donde vivimos nosotros, ¡allí está el cielo!”
La Biblia que transformó a ese hombre y a ese hogar, puede igualmente transformar la vida de todo aquel que se someta dócilmente a sus enseñanzas de amor y verdad.
Entre dos esposos desavenidos puede proporcionar amor y armonía; entre los hijos siembra fortaleza moral y amor hacia sus padres.
Con razón dijo Gabriela Mistral: “La Biblia es para mí el LIBRO. No comprendo cómo alguien puede vivir sin ella, sin que empobrezca, ni cómo uno puede ser fuerte sin esa sustancia, ni dulce sin esa miel”.
Dichosos los hogares donde la Biblia –la Palabra de Dios– se lee con frecuencia y donde se practican sus enseñanzas. ¿No le parece? Jesús aconseja: “Escudriñad las Escrituras, porque ellas dan testimonio de mí”.
4. UN HOGAR MODELO
El cultivo de la vida espiritual es el mejor don que podamos ofrecer a nuestros hijos. Un hogar donde se conviva amistosamente con Dios redundará en feliz convivencia familiar.
En un hogar tal los padres serán amigos de sus hijos y reinará un clima de permanente comprensión.
De los hogares sinceramente religiosos salen los hijos dispuestos a servir a la comunidad. Salen el obrero responsable y cumplidor, el profesional concienzudo y comprensivo, el empresario justo con su personal, el comerciante honrado y veraz, el empleado exacto y cumplidor.
En otras palabras, un hogar cristiano forja de tal manera el alma y el carácter de los hijos que éstos llegan a ser una bendición donde les toca actuar en sus vidas encarnan las nobles enseñanzas del Maestro, quien señaló la necesidad de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos y a Dios por encima de todo. Tales hijos han bebido ese espíritu de amor y de servicio durante su niñez y juventud dentro de su propio hogar, porque sus padres supieron inculcarlo y revelarlo en su propia conducta. Son hijos que hoy, ya crecidos, saben honrar a Dios mediante una vida de bien y de obediencia a él.

La voz.org

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