15/5/21

REFLEXIÓN 681. TERMINACIÓN DEL MINISTERIO PÚBLICO, PRIMAVERA A OTOÑO (marzo-noviembre) 30 DC/ Preparación Para La Cruz (MATEO 17).

Mateo 17. PREPARACIÓN PARA LA CRUZ: (1-13) La transfiguración de Cristo. (14-21) Cura al lunático. (22-23) Predice su muerte, (24-27) y paga el impuesto.

1 SEIS días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; 2 y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. 3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. 4 Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. 5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd. 6 Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. 

7 Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y no temáis. 8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo. 9 Cuando descedieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos. 10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? 11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero, y restaurará todas las cosas. 12 Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. 13 Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista.

14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se arrodilló delante de él, diciendo: 15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas en el agua. 16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido sanar17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os he de soportar?  Traédmelo acá. 18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho, y éste quedó sano desde aquella hora.

19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron: ¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera? 20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible. 21 Pero este género no sale sino con oración y ayuno.

22 Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, 23 y le matarán; mas al tercer día resucitará.  Y ellos se entristecieron en gran manera.

24 Cuando llegaron a Capernaúm, vinieron a Pedro los que cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga las dos dracmas? 25 El dijo: Sí.  Y al entrar él en casa, Jesús le habló primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón?  Los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De sus hijos, o de los extraños? 26 Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego los hijos están exentos. 27 Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por ti. (Mateo 17).

1. Seis días después. [La transfiguración, Mat. 1-13 = Mar. 9: 2-13 = Luc. 9: 28-36.  Comentario principal: Mateo.  Ver mapa p. 211; diagrama p. 221.] Con referencia a los acontecimientos y las circunstancias que precedieron a la transfiguración, ver com.  Mat. 16:13 vers. siguientes.  De acuerdo con la cronología adoptada por este Comentario, es probable que la transfiguración ocurriera hacia fines del verano (agosto-septiembre) del año 30 d. C.  Por la época de la pascua de ese año, la opinión pública en Galilea se había volcado en contra de Jesús (ver com. cap. 15: 21).  Además, el sanedrín había intensificado sus intentos de terminar con el ministerio de Cristo (ver com.  Mat. 16: 1; cf.  Mar. 7: 1-5).  Por primera vez, en Cesarea de Filipo, Cristo había hablado claramente a sus discípulos acerca de sus padecimientos y de su muerte (ver com.  Mat. 16: 21).  Pero ellos, como la gran mayoría de los judíos, pensaban que el Mesías sería un rey vencedor.  Por eso les resultaba difícil comprender que el Mesías debería sufrir y morir.  Como en ocasiones previas, tenían la mente llena de sombríos pensamientos porque comprendían mal el propósito y la naturaleza del ministerio de Jesús.

El período de seis días que se menciona aquí se refiere al tiempo transcurrido desde la confesión de la fe de Pedro en Jesús como Hijo de Dios (cap. 16: 16). 

Lucas (cap. 9: 28) dice que transcurrieron "como ocho días", es decir, una semana, si se emplea el cómputo inclusivo (ver pp. 239-242).  Lucas suele hablar de un período aproximado y no afirma exactamente el tiempo transcurrido (ver com. cap. 3: 23).

A Pedro, a Jacobo y a Juan. Estos tres habían mostrado que entendían mejor que sus compañeros las verdades que Cristo procuraba impartir.  Al menos en una ocasión previa habían sido elegidos para ser testigos del poder divino en acción (Mar. 5: 37).  Por causa de su percepción espiritual más profunda, también habrían de ser testigos de la hora de agonía del Maestro en el Getsemaní (Mar. 14: 33).  Con el propósito especial de prepararlos para esa hora de temor y de desaliento, Jesús los llevó con él al monte (DTG 389).

Un monte alto. Se desconoce el lugar donde ocurrió la transfiguración.  Por siglos la tradición sostuvo que la transfiguración ocurrió en el monte Tabor (de unos 600 m), situado a unos 20 km al suroeste del mar de Galilea y a unos 10 km al este de Nazaret. 

Pero al descubrirse que en tiempos de Jesús había en la cima del monte una fortaleza y una aldehuela, pareció difícil que ése fuera el lugar "aparte" del cual hablan Mateo y Marcos (cf.  DTG 388). Una vez descartado el monte Tabor como ubicación de la transfiguración, se ha pensado en la posibilidad de que el monte en cuestión fuera el Hermón (de unos 3.000 m), en cuyas laderas inferiores estaba la ciudad de Cesarea de Filipo y en cuyas proximidades se sabe que estuvieron Cristo y sus discípulos justamente antes de la transfiguración (ver com.  Mat. 16: 13).  Pero también se hace difícil esta identificación.  En las cercanías de Cesarea de Filipo y del monte Hermón, Jesús estaba "fuera del alcance de Herodes y Caifás" y "lejos de los fariseos" (DTG 387).  Era una región poblada por gentiles, más allá de los límites de Galilea.  Por eso Jesús se había retirado allí por un tiempo (ver com. cap. 16: 13).  Pero al pie del monte de la transfiguración un grupo de escribas y rabinos se reunió junto con la multitud, que probablemente era judía, y procuraron humillar a Jesús y a sus discípulos.  Esto parecería indicar que la transfiguración ocurrió en Galilea, y no en el distrito de Cesarea de Filipo, poblado por gentiles.

Según DTG 387, Jesús y sus discípulos se trasladaron desde Cesarea de Filipo hacia el sur, y antes de la transfiguración se encontraban cerca del mar de Galilea, por lo menos a 50 km del monte Hermón.  Esto parecería indicar que durante los seis días que transcurrieron entre la gran confesión de Pedro y la transfiguración, Jesús había vuelto a Galilea.  Por esto, también el monte Hermón quedaría descartado como posible escenario de la transfiguración.

Aparte. Lucas añade que Jesús fue allí para orar (cap. 9: 28).  Esta fue una de esas ocasiones especiales cuando Jesús buscó anhelosamente la comunión con su Padre celestial (ver com.  Mar. 1: 35) a fin de que pudiera saber cómo realizar su misión (ver com.  Mar. 3: 13).  En este caso, el problema era el de saber cómo ayudar a los discípulos para que comprendieran la verdadera naturaleza de la misión de su Maestro y cómo prepararlos para su muerte (ver com.  Mat. 16: 13).  Pasó toda la noche allí en el monte (DTG 393).

Según evidencias, Jesús y sus compañeros habían continuado subiendo hasta que se hizo demasiado oscuro para proseguir.  Pareciera que Jesús oró durante largo tiempo, pidiendo fuerza para enfrentar la gran prueba que se avecinaba.  También oró por sus discípulos, para que su fe en él como Hijo de Dios aumentara, y que pudieran comprender la necesidad de su muerte como parte del plan de salvación y estuvieran preparados para la hora de prueba (DTG 389).  Por eso pidió en oración que ellos pudieran contemplar su gloria divina, la cual hasta este momento, salvo fugazmente, les había estado oculta (ver com. Luc. 2:48).

2. Se transfiguró. Gr. metamorfóo, "cambiar de una forma a otra", "transformarse".  Esta fue una de las ocasiones cuando la divinidad refulgió a través de la humanidad de Jesús, para encontrarse con la gloria celestial (ver DTG 389; com.  Luc. 2: 48).  La misteriosa transformación sucedió mientras Jesús oraba y los discípulos dormían.

La descripción de este episodio que presentan los tres escritores de los sinópticos parecería indicar que no se trató de una experiencia subjetiva experimentada por los discípulos, o quizá sólo por Pedro.  Fue más que un sueño o una alucinación debida al cansancio del viaje del día y a la preocupación por la predicción hecha por Jesús acerca de su muerte. Fue una experiencia real. 

Muchos años más tarde, Pedro afirmó que él y sus compañeros de discipulado habían sido testigos oculares de la "majestad", la "honra" y la "gloria" de Jesús, y aseveró haber oído la voz que proclamó que Jesús era Hijo de Dios (2 Ped. 1:16-18).  Pedro presenta este notable episodio como una de las grandes confirmaciones de la fe cristiana.  Ver com.  Juan 1: 14.

Su rostro. La descripción que de Jesús se presenta aquí se asemeja mucho a la que fue dada por Daniel (Dan. 10: 5-6) y por Juan (Apoc. 1: 13-15).  La apariencia del rostro de Jesús se modificó (Luc. 9: 29) bajo la influencia de esa radiante luz blanca.  Era una gloria luminosa que parecía venir desde adentro.  Esa era la gloria que Jesús había tenido en el cielo antes de que asumiera la forma de la humanidad (Juan 17: 5), y es la gloria con la cual volverá otra vez a esta tierra (Mat. 25: 31; DTG 390).  Se vio en el rostro de Moisés una gloria similar cuando descendió del monte de la ley (Exo. 34: 29; 2 Cor. 3: 7).  Cuando Jesús vuelva y conceda a sus fieles el don de la inmortalidad, sin duda ellos también reflejarán esta gloria (Dan. 12: 3).  Con referencia a otros momentos de la vida de Cristo cuando se vieron destellos de su divinidad, ver com.  Luc. 2: 48.

Blancos como la luz. Según Marcos, sus vestidos se vieron tan blancos que "ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos" (cap. 9: 3). Las "vestiduras blancas" de los santos (Apoc. 3: 4- 5, 18; etc.) reflejarán la gloria de las vestimentas de justicia de Cristo en la tierra renovada.

3. Moisés y Elías. Evidentemente los discípulos reconocieron a los visitantes celestiales por lo que decían o porque Dios se lo reveló.  Moisés había sido el gran libertador, legislador y fundador de la nación hebrea.  Elías fue el que salvó a esa nación en un momento de gran apostasía y crisis.  Aquí había personas vivas que podían dar testimonio acerca de la divinidad de Jesús, así como Moisés y todos los profetas, en sus escritos, habían dado testimonio de él (ver com.  Luc. 24: 44).

Es importante notar que las Escrituras registran que Elías fue trasladado al cielo sin ver la muerte (ver com. 2 Rey 2: 11-12) y que Moisés fue resucitado y luego llevado al cielo (ver com. Jud. 9).  El hecho de que Moisés y Elías aparecieran con Cristo en esta ocasión no debe ser considerado como una prueba de que todos los muertos justos están en el cielo.  Estos dos, el uno resucitado de entre los muertos, y el otro trasladado sin ver la muerte, aparecieron con Jesús, como una representación del glorioso reino en el cual los redimidos de todas las edades estarán con él en gloria (Mat. 25: 31; Col. 3: 4; 1 Tes. 4: 16-17).

Hablando con él. Lucas añade que estaban hablando con él acerca de "su partida, que iba Jesús a cumplir en Jerusalén" (Luc. 9: 31; cf. Mat. 16: 21).

4. Entonces Pedro dijo. Como de costumbre, Pedro fue el primero en hablar (ver com. Mat. 16: 16).  Lucas dice que Pedro habló sin saber lo que decía (Luc. 9: 33).  Marcos dice que Pedro, al igual que los otros, estaba espantado (Mar. 9: 6).

Señor. Gr. kúrios.  Según Mar. 9: 5, Pedro se dirigió a Jesús empleando el título hebreo "rabino" (Gr. rabbí), y según Luc. 9: 33 empleó el título griego epistátes, "maestro", "amo", "Señor".  Con referencia a la importancia de estas variaciones en los relatos evangélicos, ver la segunda Nota Adicional de Mateo 3.

Hagamos. Aquí la evidencia textual establece (cf. p. 147) el texto "yo haré", pero en Marcos y Lucas dice claramente "hagamos".

Tres enramadas. O "tres tiendas" (BJ).  Casi no llovía en la última parte del verano (ver t. II, p. 113; com. cap. 17: 1), y la única protección necesaria sería para resguardarse del abundante rocío de la noche y del sol del día.  No hay modo de saber si Pedro pensó en las enramadas como protección contra los elementos naturales o si pensó en relación con la fiesta de los tabernáculos, la cual se avecinaba.  La expectativa de que Elías vendría como heraldo del reino mesiánico (ver com. vers. 10) posiblemente hizo recordar a Pedro de la celebración de esa fiesta en relación con el reinado del Mesías (cf.  Zac. 14: 16-19).  Quizá llegó a la conclusión de que la aparición de Moisés y de Elías en este momento, a tan poco tiempo de la fiesta de los tabernáculos, implicaba que habían venido a participar en esa celebración.

5. Una nube de luz. Quizá como recordativo de la columna de nube del desierto (ver com.  Exo. 13:21-22; Núm. 9:15-16), la cual estaba iluminada con la gloria de Dios (ver com.  Exo. 40:34).  Comparar con el caso de Moisés en el monte con Dios (ver com.  Exo. 24:15-18) cuando entró en la nube que ocultaba la gloria de Dios.  Esta escena puede haber acudido a la imaginación de los discípulos, como también el caso de Elías en el monte Carmelo (ver com. 1 Rey. 18:38; Juan 1:14).

Los cubrió. Gr. episkiázo, "cubrir con una sombra" (cf.  Luc. 1: 35; Sal. 91:1).  Mateo y Marcos no dicen claramente si la nube cubrió a Cristo y a sus dos visitantes celestiales o a los discípulos o a los dos grupos.  Lucas parecería indicar que más bien cubrió a los discípulos (Luc. 9: 34).

Una voz. En ocasión del bautismo de Jesús se oyó una voz (cap. 3: 17), y más tarde, al final de su ministerio (Juan 12: 28), se volvió a oír.  En estas tres ocasiones el Padre dio testimonio de que Jesús era su divino Hijo.

Mi Hijo amado. Con referencia a Cristo como Hijo de Dios, ver com.  Luc. 1: 35; Juan 13; Nota Adicional de Juan 1.

Tengo complacencia. El Padre podía complacerse porque en su vida terrenal Jesús había cumplido a la perfección con su misión asignada (Juan 17: 4) y había presentado a los hombres un ejemplo perfecto de obediencia a la voluntad del Padre (Juan 15: 10).  Si confiamos en nuestro Salvador, tendremos también el privilegio de hacer "las cosas que son agradables delante de él" (1 Juan 3: 22).

A él oíd. Es probable que esta indicación se refiera especialmente a la instrucción que Cristo estaba dándoles acerca de sus inminentes padecimientos y de su muerte (ver com. cap. 16: 21).

6. Se postraron sobre sus rostros. Cf.  Eze. 1: 28; Dan. 10: 9.  A hombres tales como Ezequiel 430 y Daniel se les concedió ver visiones.  Pedro, Jacobo y Juan vieron con sus propios ojos.

9. A nadie. Jesús tomó consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan porque sólo ellos, entre los doce, estaban preparados para recibir lo que él tenía para impartirles (ver com. vers. 1).  Si ellos hubiesen informado lo que habían visto y oído, eso tan sólo hubiera provocado una inútil admiración y curiosidad, y en ese tiempo podría no haber tenido ningún buen efecto.  El hecho de que debían callarse respecto a lo sucedido hasta después de la resurrección, implica que entonces los otros discípulos estarían listos para entender, y que su fe sería fortalecida por el relato de los tres testigos presenciales de ese acontecimiento.  Además, habiendo contemplado con sus propios ojos a dos hombres sobre los cuales la muerte no tuvo poder, esos tres discípulos deberían haber estado preparados para creer las palabras de Cristo acerca de su propias resurrección (cf.  Luc. 9: 31) y para impartir fe y valor a sus compañeros en el discipulado. También el hecho de que Jesús sólo llevara consigo a esos mismos tres discípulos al huerto de Getsemaní para que lo acompañaran en oración, debiera haber servido para que esta lección acudiera otra vez vívidamente al recuerdo de ellos.

Visión. Gr. hórama, "lo que se ve", "espectáculo".  Con referencia a las palabras hebreas jazon y mar'ah, que se traducen como "visión", ver com. 1 Sam. 3: 1.

10. Dicen los escribas. Como expositores oficiales de las Escrituras, se esperaría que serían ellos quienes decidieran en cuanto a problemas teológicos como el que aquí se presenta.  Con referencia a los escribas, ver p. 57.

Evidentemente, la relación entre la transfiguración y la discusión acerca de la venida de Elías era que éste había sido uno de los dos que había aparecido con Cristo.  

Sin embargo, Malaquías había predicho la venida de Elías como precursor del Mesías (ver com.  Mal. 4: 5), y los discípulos pensaban que Elías había venido ahora para anunciar al Mesías, para proteger a Jesús, y para confirmar su autoridad como Rey y Mesías (ver DTG 391; com. Juan 1: 21). 

Sin embargo, los discípulos se preguntaban por qué, si Jesús era el Mesías de la profecía, como ellos lo esperaban y lo creían (ver com. Mat. 16: 16), Elías no había aparecido antes de esta ocasión. Todavía tenían una comprensión errónea de la misión de Juan el Bautista, a pesar de que Jesús ya les había dicho claramente que en la vida y la obra de Juan el Bautista se había cumplido la profecía de la venida de Elías (ver com. cap. 11: 14).

11. Restaurará todas las cosas. En el dramático episodio del monte Carmelo, Elías había logrado hacer volver el corazón de todos los israelitas al Dios de sus padres (ver com. 2Rey. 18:37-40), y al hacerlo había detenido los terribles avances de la apostasía.  Del mismo modo, Juan el Bautista proclamó el bautismo del arrepentimiento del pecado y el retorno al verdadero espíritu de la adoración (ver com.  Mal. 3: 1, 7; 4: 6; Luc. 1: 17).  Evidentemente, Juan no era Elías en persona (ver com.  Juan 1: 2l), pero precedió al Mesías "con el espíritu y el poder de Elías" (Luc. 1: 17).

12. No le conocieron. Es decir, no reconocieron que era el Elías que había de venir (com. Juan 1: 10-11).

Todo lo que quisieron. En vez de aceptar a Juan y creer en su mensaje, los dirigentes judíos lo habían despreciado a él y su exhortación al arrepentimiento (ver Luc. 7: 30-33; com.  Mat. 21: 25, 32).  Herodes lo había encarcelado (ver com.  Luc. 3: 20), y aproximadamente un año más tarde lo había ejecutado (ver com.  Mar. 6: 14-29). Tan solo transcurrirían unos pocos meses después de la transfiguración hasta que los dirigentes de Israel harían también con Jesús todo lo que quisieran.

14. Cuando llegaron. [Jesús sana a un muchacho lunático, Mat. 17: 14-21 = Mar. 9: 14-29 = Luc. 9:37-43ª.  Comentario principal: Marcos.]

15. Lunático. Ver com. cap. 4: 24. Lunáticos. Del verbo Gr. sel'niázomai, "estar alunado".  Este verbo sólo aparece en el NT aquí y en el cap. 17: 15.  Por los síntomas que se dan en el cap. 17: 15, muchos han llegado a la conclusión de que el verbo sel'niázomai significa "ser epiléptico".  También es posible que tuviera connotaciones más amplias.

17. Perversa. Literalmente, "torcida" o corrupta".

20. Poca fe. Los discípulos tenían demasiada fe en sí mismos y muy poca fe en Dios (ver com. cap. 8: 26. Hombres de poca fe. Aunque los discípulos habían visto muchas maravillosas evidencias del poder divino, parecería que hasta este momento Jesús no había manifestado su dominio sobre las fuerzas de la naturaleza, y posiblemente no se les había ocurrido que pudiera hacerlo).  Algunos manuscritos griegos dicen "incredulidad" en vez de "poca fe".

Grano de mostaza. Ver com. cap. 13: 31-32. Otras ilustraciones similares aparecen en Mat. 21: 21; Mar. 11: 23; Luc. 17: 6. La semilla de mostaza puede ser pequeña en un comienzo, pero, escondido dentro de sí, lleva el germen de la vida, y en circunstancias favorables crecerá.

Diréis a este monte. Aquí Cristo habla en forma figurada de los grandes obstáculos con los cuales deben enfrentarse sus discípulos 431 cuando cumplen con la misión evangélica.  Es indudable que Jesús no tenía el propósito de que sus discípulos anduvieran de aquí para allá moviendo montes literales.  Sin embargo, prometió que ninguna dificultad, no importa cuan grande pudiera parecer, sería capaz de impedir el cumplimiento de su divino propósito de salvar a los pecadores (Isa. 55: 8-11).

Nada os será imposible. "Para Dios todo es posible" (Mat. 19: 26).

21. Pero este género. La evidencia textual favorece (cf. p. 147) la omisión de este versículo (ver com.  Mar. 9: 29).

Este género. Los escribas habían atribuido la impotencia de los nueve discípulos ante el supuesto poder superior del demonio, y afirmaban que el dominio de Jesús estaba limitado a los demonios menos poderosos (cf.  DTG 394).  Sin embargo, la verdadera dificultad no dependía del poder del demonio, sino de la impotencia espiritual de los discípulos.

Sino con oración. Cristo no se refiere aquí a la oración ofrecida en el momento de expulsar el demonio. El no habla de la oración accidental, sino de una vida movida por la oración. Mientras Pedro, Jacobo y, Juan estaban con Cristo, los otros nueve discípulos habían estado rumiando sus chascos y resentimientos personales, movidos por un espíritu de celos, debido al favor mostrado a sus compañeros ausentes (DTG 397). El estado de sus pensamientos y de su corazón hacía imposible que Dios actuara mediante ellos.

Ayuno. La evidencia textual tiende a confirmar la omisión (cf. p. 147) de esta palabra. (No está en el texto de la BJ, sino como variante al pie de página.) Ver com.  Mat. 6: 16; Mar. 2: 18.

22. Estando ellos. [Jesús anuncia otra vez su muerte, Mat. 17: 22-23 = Mar. 9: 30-32 = Luc. 9: 43b - 45.  Comentario principal: Marcos.] La evidencia textual se inclina (cf. p. 147) por el texto "juntándose ellos en Galilea".

Entregado. Ver com.  Luc. 6: 16.

23. Al tercer día. Ver pp. 239-242. Se entristecieron en gran manera. Aunque los discípulos ahora comprendieron que el Maestro les estaba hablando de su propia muerte, esperaban y creían que pasaría algo que hiciera que ese padecimiento fuera innecesario.

24. Cuando llegaron a Capernaúm. [Pago del impuesto del templo, Mat. 17: 24-27.  Ver mapa p. 211; diagrama p. 221; con referencia a milagros, ver pp. 198-203.] Evidentemente, Jesús y sus discípulos acababan de volver (DTG 399) de una breve gira por Galilea (ver Mat. 17: 22; com.  Mar. 9: 30-32).  Es posible que en esta ocasión, como en otras anteriores, Jesús se hubiera alojado en casa de Pedro (ver com.  Mar. 1: 29; 2: 1), donde tal vez posó durante el resto de su estada en Galilea.

Los que cobraban las dos dracmas. Literalmente, "los que recibían la dracma doble [Gr. dídrajmon]".  No eran los publicanos o cobradores de impuestos (ver com.  Luc. 3: 12), quienes recaudaban los derechos aduaneros y los impuestos en nombre de las autoridades civiles, sino personas designadas en cada distrito para recoger el impuesto del templo que era de medio siclo por cada judío varón, libre, mayor de 20 años.  El pago de este impuesto para el sostén del templo no era obligatorio como lo era el pago del diezmo, pero se consideraba que entregarlo era un deber religioso.  Con referencia al origen de este impuesto y las disposiciones que lo regulaban, ver com.  Exo. 30: 12-16.  Según la Mishnah se debía avisar públicamente del pago de este impuesto el primer día del mes de Adar, fecha que correspondía con febrero o marzo de nuestro calendario (ver t. II, p. 112).  El día 15 del mes de Adar, "se colocaban mesas [de cambistas de dinero] en las provincias", y diez días más tarde se hacía lo mismo en el templo (Shekalim 1. 1. 3).  Por lo tanto, si se sigue la cronología adoptada por este Comentario, la fecha del pago del impuesto del templo para ese año ya había pasado varios meses antes.

El antiguo siclo hebreo (ver t. I, pp. 173, 177-178) ya no se usaba, pero la costumbre rabínica exigía que el impuesto del templo fuera pagado con la unidad del medio siclo.  Los que cobraban tributo cambiaban la moneda legal del país por la moneda del templo y con cada transacción sacaban provecho.  La palabra griega dídrajmon, traducida en la RVR como "dos dracmas", se refería a la doble dracma, casi equivalente al medio siclo, y que valía aproximadamente el doble de lo que valía un denario romano, considerado como jornal de un día (ver com. cap. 20: 2).

Vinieron a Pedro. Quizá porque Jesús estaba alojado en casa de Pedro.

¿Vuestro Maestro no paga? No se sabe si se conservaba un registro de quienes habían pagado el impuesto, o si los que vinieron a Pedro ya sabían que Jesús no había pagado el impuesto.  Además, ésta no era la época del año cuando se acostumbraba a cobrar este impuesto.  Parecería que si se hubiera sabido que Jesús no había pagado el impuesto, los escribas -quienes en el tiempo de pagar el impuesto del templo habían molestado a Jesús en público en repetidas ocasiones (ver com.  Mat. 16: 1; Mar. 7: 1-23)- lo habrían acusado de no haber pagado el impuesto mucho antes.  Es evidente que la idea de desafiar a Jesús con referencia a este asunto se les había ocurrido hacía poco.  Era parte de un plan bien tramado.  Al emplear el adjetivo plural "vuestro", los recolectores de impuestos estaban implicando a todos los discípulos. no sólo a Pedro.

25. Él dijo: Sí. Algunos consideran que la pronta respuesta de Pedro sugiere que Jesús acostumbraba pagar el impuesto y que Pedro sabía de esa costumbre.  En verdad, Pedro podría no haber sabido si Jesús había pagado o no.  Según DTG 363, Pedro comprendió que ese pedido desacostumbrado e inoportuno (ver com. vers. 24) insinuaba que Jesús no era leal al templo, lo que sin duda indicaría el no pagarlo. 

Es evidente de que Pedro deseaba evitar en  este momento todo motivo para empeorar las relaciones entre Jesús y los dirigentes Judíos.  Pero, como en ocasiones posteriores (cap. 22:15-22), los escribas y los fariseos procuraban enfrentar a Jesús con un dilema del cual no pudiera escapar.  Los levitas, los sacerdotes y los profetas estaban exentos de este impuesto (DTG 400).  El negarse a pagar el impuesto implicaría deslealtad al templo, pero el pagarlo indicaría que Jesús no se consideraba profeta exento de pagar el medio siclo anual.

En casa. Quizá en la misma casa de Pedro (ver com. vers. 24).

Jesús le habló primero. Jesús le habló a Pedro acerca del episodio ocurrido antes de que Pedro pudiera mencionarlo.

Tributos. Gr. télos, "derecho de aduana", o "impuesto", generalmente el que se cobraba sobre las posesiones o los bienes (ver com.  Luc. 3: 12).

Extraños. Es decir, los que no pertenecían a la familia real, o sea los súbditos del rey.

26. Los hijos están exentos. Jesús podría haber insistido en la exención pues era maestro o rabino.  Sin embargo, Jesús puso a un lado su derecho (ver com. vers. 27).

27. Sin embargo. El recaudador de los impuestos del templo no tenía ningún derecho legal de exigir que Jesús pagara el medio siclo. Jesús lo pagó para terminar con el asunto, no por obligación.  A fin de evitar la controversia, no insistió en sus derechos.  Para estar en paz con quienes eran sus enemigos, hizo lo que no podía con justicia exigírsela.  Seguramente, no quería que se pusiera en duda su lealtad al templo, no importa cuán injusta pudiera ser la acusación.  El proceder de Cristo es una lección para todo cristiano.  Deberíamos procurar vivir en paz con todos los hombres, y hacer más de lo que se nos exige, si eso es necesario, a fin de evitar un conflicto innecesario con los que se oponen a la verdad (Rom. 12: 18; Heb. 12: 14; 1 Ped. 2: 12-15, 19-20).  Sin embargo, en ninguna circunstancia el cristiano deberá entrar en componendas ni desviarse de los principios a fin de agradar a otros (DTG 322).

Ofenderles. Gr. skandalízo, literalmente, "hacer caer en una trampa", empleado generalmente con el sentido de "ser motivo de tropiezo" (ver com. cap. 5: 29).  Con referencia al deber que tiene el cristiano de considerar bien lo que ha de hacer a fin de no ser motivo de tropiezo para otros, ver 1 Cor. 8: 8-13.

Al mar. El mar de Galilea, en cuya ribera se encontraba la ciudad de Capernaúm (ver com. cap. 4: 13). Anzuelo. Sólo aquí en el NT se habla de pescar con anzuelo.

Un estatero. Gr. stat''r, moneda de plata de valor de cuatro dracmas, y aproximadamente de un siclo (ver t. I, pp. 177-178; t. V, p. 51).  A pesar de los esfuerzos de parte de algunos por explicar cómo podría haber sucedido esto sin ningún factor sobrenatural, no puede haber duda de que fue un milagro que Pedro pudiera pescar en ese preciso momento el pez que tenía en su boca justamente la cantidad de dinero que se necesitaba.

Por mí y por ti. La cantidad era exactamente la que se necesitaba para pagar el impuesto de medio siclo de dos personas.  El relato termina aquí sin confirmar que Pedro sacó el pez y pagó el dinero del impuesto a los que habían venido a cobrarlo.

Este milagro, sin duda, impresionó a Pedro, pescador de oficio, quien sabía cuán difícil era que un pez tuviera dinero en la boca, sobre todo la cantidad exacta que en un momento dado pudiera requerirse, y sabía además cuán pequeña era la probabilidad de sacar ese pez en el preciso momento en que se le decía que debía hacerlo (ver com.  Luc. 5: 89). Cristo no realizó este milagro para beneficiarse a sí mismo (ver com.  Mat. 4: 3), aunque la mitad del dinero era para pagar su impuesto.  El milagro tenía el propósito de enseñarle a Pedro una lección y de acallar a los recaudadores de impuestos, quienes habían procurado colocar a Cristo en la categoría del común del pueblo, y de esa manera impugnaban su derecho de enseñar a la gente. (5CBA).

COMENTARIOS DE EGW

"LA TRANSFIGURACIÓN" 388-392 (Basado en San Mateo 17:1-8; San Marcos 9:2-8; San Lucas 9:28-36).

https://elaguila3008.blogspot.com/2009/11/dtg-capitulo-46-la-transfiguracion.html

"NADA OS SERÁ IMPOSIBLE" 393-398 (Basado en San Mateo 17:9-21; San Marcos 9:9-29; San Lucas 9:37-45).

https://elaguila3008.blogspot.com/2009/11/dtg-capitulo-47-nada-os-sera-imposible.html

¿QUIÉN ES EL MAYOR? 399-410 (Basado en San Mateo 17:22-27; 18:1-20; San Marcos 9:30-50; San Lucas 9:46-48).

https://elaguila3008.blogspot.com/2009/11/dtg-capitulo-48-quien-es-el-mayor.html

1-27. DTG 388-401.

1 DTG 388

1-2 ECFP 69; HAp 430

1-5 PE 162; PR 170

2-3 DTG 389; PP 512

3 SR 174

5 FE 405

5-8 DTG 392

8 HAp 53

8 HAp 53

9 DTG 393 433

14-16 DTG 394

19 DTG 397

20 DTG 397; PR 437

20-21 DTG 397

22-24 DTG 399

25-26 DTG 400

27 DTG 401

Ministerio Hno. Pio

14/5/21

REFLEXIÓN 680. TERMINACIÓN DEL MINISTERIO PÚBLICO, PRIMAVERA A OTOÑO (marzo-noviembre) 30 DC / Preparación Para La Cruz (MATEO 16:13-28).

MATEO 16:13-28. Preparación Para La Cruz: (13-15) La opinión del pueblo sobre Cristo, (16-20) y la confesión de Pedro. (21-22) Jesús anuncia su muerte; (23) reprende a Pedro por aconsejarlo que la evite, (24.28) y amonesta a sus seguidores a que tomen la cruz y le sigan.

13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? 14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías, o alguno de los profetas. 

15 El les dijo: Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?

16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. 17 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. 18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. 

19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. 20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que él era Jesús el Cristo.

21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día. 22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca. 23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.

24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. 25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.

26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma 27 Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus obras. 28 De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino. (Mateo 16).

13. Viniendo Jesús. [Retiro de Cesarea de Filipo; la confesión de Pedro, Mat. 16: 13-28 = Mar. 8: 27 a 9: 1 = Luc. 9: 18-27. Comentario principal: Mateo.] Según la cronología adoptada por este Comentario, es probable que el viaje a Cesarea de Filipo ocurriera a mediados del año 30 d. C., en el verano durante el medio año cuando Jesús se retiró del ministerio público y se dedicó principalmente a instruir a sus discípulos.  

Esta fase del ministerio de Cristo duró desde cuando fue rechazado en Capernaúm, aproximadamente por el tiempo de la pascua (ver com. Juan 6: 66) en la primavera, hasta la fiesta de los tabernáculos en el otoño (ver com. Juan 7: 2).  Para evitar conflictos con los dirigentes judíos y los espías que lo seguían (ver com.  Mar. 7: 1), 

Jesús ya había pasado varias semanas más allá de los límites de Galilea, en Fenicia y Decápolis (ver com.  Mat. 15: 21-22; Mar. 7: 31).  Pero tan pronto volvió a Galilea, los espías enviados por el sanedrín se presentaron otra vez para desafiarlo (ver com.  Mat. 16: 1), y se retiró de Galilea hacia Betsaida Julias, en territorio de Felipe (com. Mar. 8: 22). Los espías no le siguieron.

Cesarea de Filipo. Saliendo de Betsaida Julias, Jesús y sus discípulos viajaron aproximadamente 40 km hacia el norte a la región de Cesarea de Filipo, principal ciudad de Iturea, la cual era administrada por Felipe, hermano de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea (ver p. 66; mapa frente a la p. 353).  Esta ciudad, cuyo nombre original fue Paneas, se llama ahora Baniyas.  El nombre Paneas se relaciona con el dios griego Pan, dios de los rebaños, las pasturas, los bosques, la fauna silvestre, y dios patrono de pastores y cazadores.  Desde una gruta, antiguamente dedicada al culto de Pan, en un cerro cerca de Baniyas (Cesarea de Filipo), surge una corriente cristalina, una de las fuentes del río Jordán.  Felipe reconstruyó y hermoseó la ciudad de Paneas y le puso el nombre de Cesarea de Filipo, en honor de Tiberio César y de sí mismo (Josefo, Antigüedades xviii. 2.1 ; Guerra ii. 9. 1).

Preguntó. El griego emplea el pretérito imperfecto, "preguntaba", lo que insinúa una discusión o conversación prolongada.  Cristo se había retirado a esta región habitada por gentiles, en parte para escapar de los espías que no le daban tregua mientras permanecía en Galilea, y también en parte para tener la oportunidad de instruir a sus discípulos y prepararlos para la hora de crisis con la cual pronto terminaría el breve ministerio de Jesús (DTG 379).

La conversación que se registra a continuación evidentemente ocurrió mientras Jesús y sus discípulos iban de viaje (Mar. 8: 27), al final de uno de los períodos dedicados a la oración por el Maestro (cf.  Luc. 9: 18).  Estos detalles del relato sugieren la posibilidad de que Jesús y sus discípulos hubieran pasado la noche al aire libre, en algún punto de los cerros vecinos al monte Hermón, y que Jesús había pasado la noche en oración o se había levantado temprano y se había retirado a orar en algún lugar tranquilo y apartado.  Estaba a punto de comenzar a instruir a sus discípulos en cuanto a las últimas escenas de su ministerio terrenal.  Por eso buscó la dirección divina para poder explicarles esas cosas tan poco agradables, y oró para que ellos pudieran estar preparados para recibir lo que él tenía para impartirles (DTG 379).

¿Quién dicen los hombres? Jesús comenzó a hablar de su pasión inminente dirigiendo los pensamientos de los discípulos a sí mismo como el Mesías.  Al parecer, nunca antes había tratado este tema en forma directa.  Era esencial que lo reconocieran como el Mesías antes de que pudieran comprender en sentido alguno el significado de su sacrificio en el Calvario.  Si sólo fuera reconocido como un maestro "venido de Dios" (Juan 3: 2) o como uno de los antiguos profetas resucitado de entre los muertos (ver com.  Mat. 16: 14), su muerte no podría haber tenido más importancia que la de cualquier otro gran hombre bueno.  Serviría de ejemplo, pero no sería vicaria.  No tendría virtud expiatoria.  El que 419 quiere hallar la salvación en la cruz del Calvario, debe primeramente reconocer que Aquel que pendió en la cruz no fue otro sino el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, el Mesías, el Cristo.  Solamente si se reconoce a Jesús de Nazaret como Mesías, se tiene la base para comprender y apreciar la cruz en su verdadera perspectiva. Por supuesto, Jesús sabía perfectamente lo que la gente pensaba de él.  Conocía también el concepto erróneo que tenían de la naturaleza del reino que había venido a establecer (ver com.  Luc. 4: 19). Jesús formuló esta pregunta a los discípulos a fin de prepararlos para la siguiente pregunta: "Y vosotros, quién decís que soy yo?" (Mat. 16: 15).  La fe de los discípulos resaltaba más en contraste con la incredulidad o la poca fe del resto de sus compatriotas.  Sin duda, ellos estaban en mejor condición de creer pues habían estado en íntima relación con el Maestro por algún tiempo.

Hijo del Hombre. Ver com.  Mar. 2: 10.

14. Unos... otros. Los discípulos presentaron cuatro opiniones que habían oído acerca de Jesús.  En todas esas opiniones si bien se reconocía a Jesús como un gran hombre, en ninguna se lo reconocía como a Dios.  Así había ocurrido en el caso de Nicodemo (ver com. Juan 3: 2).  Con referencia a una afirmación anterior respecto a la reacción pública ante la persona de Jesús, ver com.  Mar. 6: 14-16.

Juan el Bautista. Esta era una verdadera alabanza para Juan y la impresión hecha por su breve ministerio en el pensamiento del pueblo, y aun en la endurecida conciencia de Herodes Antipas (ver com.  Mat. 3: 1; Mar. 6: 14-16).  Las diversas opiniones que tenían los hombres acerca de Jesús eran una triste admisión de que, a pesar de todas las evidencias proporcionadas por el cielo, los suyos no le habían reconocido como lo que en verdad era, el Mesías de la profecía del AT (Juan 1: 11; Luc. 24: 25-27).

Elías. Ver com. Juan 1: 19-25.

Alguno de los profetas. Ver com. Deut.18: 15.

15. ¿Quién decís? La construcción griega es, como la española, enfática: "Vosotros, ¿quién decís que soy?" Ver en Juan 6: 66-69 una conversación similar entre Jesús y sus discípulos.  Algunos de los discípulos habían sido compañeros constantes de Jesús durante más de un año; otros lo habían sido como por dos años.  Mucho más que los otros hombres, ya habían tenido la oportunidad de observar las muchas evidencias de la divinidad de Jesús (ver com.  Juan 1: 1-3).  En este momento, Jesús les dio la oportunidad de testificar de su fe.  Aunque todavía no comprendían perfectamente a Jesús, Andrés, Felipe y Natanael parecen haber creído desde un principio que Jesús era el Mesías (Juan 1: 40-49; DTG 114).  Después del incidente de la tormenta en el lago, todos los discípulos lo habían adorado (ver com.  Mat. 14: 33), y luego de la crisis en Galilea habían profesado fe en él como Hijo de Dios (Juan 6: 68-69).

16. Respondiendo Simón Pedro. Pedro expresó no sólo su convicción, sino también la de sus compañeros (DTG 380, 383).  En parte por su impulsividad, en parte por sus dotes de liderazgo, Pedro fue el primero en contestar ahora, como en otras ocasiones (ver Juan 6: 68-69; com.  Mat. 14: 28; com.  Mar. 3: 16).

Tú eres el Cristo. En cuanto al significado del título "Cristo", ver com. cap. 1:1. Aunque muchos ya habían rechazado la idea de que Jesús pudiera ser el Mesías de la profecía (ver com. cap. 16: 13-14), los discípulos le seguían siendo leales, aunque entendían en forma imperfecta lo que esta creencia implicaba.  Por supuesto, más tarde la comprendieron (cf.  Luc. 24: 25-34).  Si no comprendían por fe esta verdad fundamental y se aferraban a ella, también ellos fracasarían del todo en comprender que el Mesías debía sufrir.  Así y todo, cuando llegó la hora extrema, "todos los discípulos, dejándole, huyeron" (Mat. 26: 56).  Aún así, Jesús basaba las esperanzas futuras de la iglesia en este grupito de testigos, y si ellos no creían que él era el Cristo, ¿qué esperanza habría de que otros creyeran alguna vez en esta verdad sublime? (ver com. Juan 1: 11-12).

La idea de que Jesús era meramente un hombre bueno, un gran hombre, quizá el mejor que alguna vez vivió, pero nada más que eso, es tan absurda como increíble.  El mismo dijo que era el Hijo de Dios y esperaba que sus seguidores aceptaran también esta posición. O fue lo que afirmó ser, o fue autor u objeto del mayor engaño, del mayor fraude de toda la historia.  Uno que pretendiera ser Hijo de Dios y animara a otros a considerarle como Salvador del mundo, cuando no lo era, difícilmente podía ser digno de admiración, mucho menos de adoración. Jesús de Nazaret fue el Cristo, el Hijo del Dios 420 vivo, o fue el más colosal impostor de todos los tiempos.

Hijo del Dios viviente. Ver com.  Luc. 1: 35.  Aunque Jesús aceptó que se le aplicara este título, parece haberlo usado pocas veces para referirse a sí mismo. Jesús comúnmente se denominaba Hijo del Hombre (ver com.  Mat. 1: 1; Mar. 2: 10), título que había empleado al dirigirse a sus discípulos en esta ocasión (Mat. 16: 13).  Cuando Jesús preguntó quién decían ellos que era el Hijo del Hombre, los discípulos respondieron: "El Hijo del Dios viviente" (ver com.  Juan 1:1-3, 14; Nota Adicional de Juan 1).

17. Bienaventurado. Ver com. cap. 5: 3. Jesús, con toda solemnidad, aceptó la confesión de fe de Pedro.  En la medida en que Pedro era el portavoz de todos (ver com. vers. 16), la bendición que se pronunció sobre él les pertenecía a ellos también, siempre que la fe de ellos alcanzara a la medida de la fe de Pedro.

Simón, hijo de Jonás. Ver Juan 21: 15.  Según la usanza judía, éste era el nombre completo de Pedro.  Se describe a Pedro en com.  Mar. 3: 16.

Carne ni sangre. Es decir, seres humanos.  Con esta frase idiomática los judíos designaban a la humanidad en su totalidad o a algún sector de la humanidad (cf.  Gál. 1: 16-17).

Mi Padre. Ver Juan 6: 45; 1 Cor. 2: 10. Con referencia a la forma en que Jesús empleó el nombre "Padre" para referirse a Dios, ver com.  Mat. 6: 9.

18. Yo también te digo. El Padre ya había revelado una verdad (vers. 17); Jesús le añade aquí otra.

Tú eres Pedro. Llamando Pedro a Simón, hijo de Jonás (vers. 17), Jesús empleó el nombre que le había puesto cuando por primera vez lo conoció (ver Juan 1: 40-42; com.  Mat. 4: 18).

Sobre esta roca. Estas palabras se han interpretado de diversas maneras: (1) que Pedro era "esta roca", (2) que la fe de Pedro en Jesús como el Cristo era "esta roca", (3) que Cristo mismo era "esta roca".  Se han presentado persuasivos argumentos en favor de cada una de las tres explicaciones.  La mejor forma de determinar qué fue lo que Cristo quiso decir con estas palabras difíciles de entender, es preguntar a las Escrituras mismas qué era lo que esta figura de dicción significaba para los oidores judíos, especialmente para aquellos que se la oyeron a Jesús en esta ocasión (DMJ 7). 

El testimonio de los escritos de los mismos discípulos es evidentemente superior a las ideas de los hombres que después de ese tiempo han escrito u opinado acerca del supuesto sentido de las palabras de Jesús.  Felizmente, algunos de los que fueron testigos oculares en esta ocasión (2 Ped. 1: 16; 1 Juan 1: 1-3) han dejado un registro claro e inequívoco.

Por su parte, Pedro, a quien fueron dirigidas estas palabras, rechaza enfáticamente, mediante sus enseñanzas, que la roca de la cual habló Cristo se refería al apóstol mismo (Hech. 4: 8-12; 1 Ped. 2: 4-8).  Mateo registra el hecho de que Jesús empleó otra vez la misma figura, en circunstancias que indican claramente que él mismo era la roca (ver com.  Mat. 21: 42; cf.  Luc. 20: 17-18).  

Desde tiempos antiguos, el pueblo hebreo había empleado la figura de la roca para referirse específicamente a Dios (ver com.  Deut. 32: 4; Sal. 18: 2; etc.). El profeta Isaías se refirió a Cristo como "gran peñasco en tierra calurosa" (Isa. 32: 2), y como "piedra probada, angular, preciosa" (ver com. cap. 28: 16).  Pablo afirma que Cristo era la Roca que había acompañado a su pueblo por el desierto en la antigüedad (1 Cor. 10: 4; cf.  Deut. 32: 4; 2 Sam. 22: 32; Sal. 18: 31).  En un sentido secundario, las verdades que Jesús habló son también una roca en la cual los hombres pueden construir con toda seguridad (ver com.  Mat. 7: 24-25).  Por otra parte, Cristo mismo es el "Verbo" hecho "carne" (Juan 1: 1, 14; cf.  Mar. 8: 38; Juan 3: 34; 6: 63, 68; 17: 8).

Jesucristo es "la roca de nuestra salvación" (DTG 381 ; cf.  Sal. 95: 1; Deut. 32: 4, 15, 18).  El es el único fundamento de la iglesia, porque "nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo" (1 Cor. 3: 11), ni "en ningún otro hay salvación" (Hech. 4: 12).  En estrecha relación con Jesucristo "la principal piedra del ángulo" en el fundamento de la iglesia, se encuentran los apóstoles y los profetas (Efe. 2: 20).  Todos los cristianos han de ser edificados como "piedras vivas" (Gr. líthos) para formar una casa espiritual (1 Ped. 2: 5), un edificio cuya piedra angular es Cristo (Efe. 2: 20-21).  El es la única "Roca" sobre la cual se afirma todo el edificio, porque sin él no habría ninguna iglesia.  Cuando creemos en él como Hijo de Dios, nosotros también podemos llegar a ser hijos de Dios (Juan 1: 12; 1 Juan 3: 1-2).  La comprensión de que Jesucristo es realmente el Hijo de Dios, tal como Pedro lo afirmó en 421 esta ocasión (Mat. 16: 16), es la llave de la puerta de la salvación (DTG 380-381).  Es incidental y no fundamental el que Pedro fuera el primero en reconocer este hecho y declarar públicamente su fe, la cual era compartida también por sus compañeros (ver com. vers. 16).

San Agustín (c. 400 d. C.), el mayor de los teólogos católicos de los primeros siglos de la era cristiana, de a que sus lectores decidan si Cristo dice que él mismo es la roca o si dice que Pedro es la roca (Retracciones 1. 21. 1).

Juan Crisóstomo, patriarca de Constantinopla, célebre por su elocuencia (m. 407 d. C.), dijo que Jesús había prometido poner el fundamento de la iglesia sobre la confesión de Pedro, y no sobre Pedro, pero también dice que Cristo mismo es verdaderamente nuestro fundamento (Comentario sobre Gálatas, cap. 1: 1-3; Homilías sobre 1 Timoteo xviii. 6. 21).

Eusebio, historiador de la iglesia primitiva (m. 340 d. C.), afirma que Clemente de Alejandría escribió que Pedro, Santiago y Juan no lucharon por la supremacía en la iglesia en Jerusalén, sino que escogieron a Santiago el justo como dirigente (Historia eclesiástica ii. 1).

Otros padres de la iglesia enseñaron lo mismo; tal fue el caso de Hilario de Poitiers. Cuando se buscó apoyo bíblico para las pretensiones del obispo de Roma a su primacía en la iglesia (ver t. IV, p. 863), las palabras pronunciadas por Cristo en esta ocasión fueron sacadas de su contexto original e interpretadas en el sentido de que Pedro era "esta roca".  León 1 fue el primer pontífice romano en pretender que había recibido su autoridad de Cristo por medio de Pedro.  Esto sucedió por el año 445 d. C. Acerca de esta pretensión, Kenneth Scott Latourette, conocido historiador de la iglesia, dice: "Insistió que por decreto de Cristo, Pedro era la roca, el fundamento, el guardián de la puerta del reino de los cielos, puesto para atar y para desatar, cuyos juicios retenían su validez en el cielo, y que por medio del papa como su sucesor, Pedro seguía realizando la tarea que le había sido encomendada" (A History of Christianity, 1953, p.186).

Resulta extraño que si esto es realmente lo que Cristo quiso decir, ninguno de los otros discípulos hubiera descubierto ese hecho, ni tampoco ningún otro cristiano durante cuatro siglos después de que Cristo pronunciara esas palabras.  Además, resulta extraordinario que ningún obispo de Roma descubriera este significado en las palabras de Cristo hasta que un obispo del siglo V pensó que era necesario hallar apoyo bíblico para la primacía papal.  La interpretación de las palabras de Cristo, que concede supremacía a los así llamados sucesores de Pedro, los obispos de Roma, no armoniza en absoluto con lo que Cristo enseñó a sus seguidores (ver cap. 23: 8, 10).

La mejor evidencia de que Cristo no designó a Pedro como la "roca" sobre la cual habría de construir su iglesia, es quizá el hecho de que ninguno de los que oyeron a Cristo en esta ocasión -ni siquiera Pedro- así lo entendió, mientras Jesús estuvo con ellos, ni después.  Si Cristo hubiera establecido a Pedro como principal entre los discípulos, éstos no habrían disputado repetidas veces el primer puesto (Luc. 22: 24; ver Mat. 18: 1; Mar. 9: 33-35; etc.; DTG 755-756; com.  Mat. 16: 19).

El nombre Pedro proviene del Gr. pétros, "piedra" o "canto rodado".  "Roca" es la raducción de la palabra griega pétra, que suele emplearse para designar una peña, o un macizo de piedra.  Una pétra es una roca grande, fija, inamovible; en cambio potros es una piedra pequeña o un canto rodado.  No puede saberse hasta qué punto Cristo tuvo en cuenta esta distinción, ni cómo pudo haberla explicado mientras hablaba, porque Cristo ciertamente habló en arameo, la lengua vernácula en Palestina en ese tiempo, y no empleó las palabras griegas.  La palabra griega pétros, sin duda, equivale a la palabra aramea kefa' (Cefas; ver com. cap. 4: 18).  Por otra parte, es muy posible que pétra también equivalga a kefa', aunque existe la posibilidad de que Cristo hubiera empleado algún otro sinónimo u otra expresión en arameo que haría notar la distinción entre pétra y pétros que se advierte en el relato evangélico en griego.  Sin embargo, parece probable que Cristo debe haber tenido el propósito de hacer una diferencia; de lo contrario, Mateo, escribiendo en griego y guiado por el Espíritu Santo, no la hubiera hecho.

Evidentemente pétros, una piedra pequeña, no podría servir de fundamento para ningún edificio. Jesús aquí afirma que únicamente una pétra, o "roca", sería suficiente.  Lo que Cristo dijo aquí queda más claro con sus palabras registradas en Mat. 7:24: "Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca [Gr. pétra]". 422 Cualquier edificio construido sobre Pedro, pétros, un débil y falible ser humano, tal como lo presenta claramente el relato evangélico, tiene un fundamento muy poco mejor que las arenas movedizas (ver com. cap. 7: 26-27).

Iglesia. Gr. ekkl'sía.  Ver com. cap. 18: 17.

Puertas. En las antiguas ciudades la puerta era el lugar de reunión de los ancianos de la localidad y el lugar clave en la defensa de la ciudad contra un ejército atacante (ver com. Gén. 19: 1; Jos. 8: 29).  Por esto, el tomar la puerta de la ciudad hacía posible la toma de toda la ciudad.

El triunfo de Cristo sobre la muerte y sobre el sepulcro es la verdad central del cristianismo.  Satanás no pudo mantener atado a Cristo con las cuerdas de la muerte (Hech. 2: 24), ni tampoco será posible que retenga a cualquiera de los que creen en Cristo (Juan 3: 16; Rom. 6: 23).  En forma figurada, Satanás retiene las "puertas del Hades", pero Cristo, con su muerte, entró en la fortaleza de Satanás y ató al adversario (ver com.  Mat. 12: 29).  En este sublime hecho descansa la esperanza del cristiano de que será rescatado de los ardides de Satanás en esta vida, de su poder sobre la tumba, y de su presencia en la vida venidera.  "El postrer enemigo que será destruido es la muerte" (1 Cor. 15: 26).  La muerte y el sepulcro finalmente serán echados en el lago de fuego (Apoc. 20: 14).

La interpretación de que las palabras de Cristo significaban que las "puertas del Hades" no habrían de prevalecer contra Pedro, contradice la insinuación de Mat. 16:21 (cuya introducción son los vers. 13-20), de que sería Cristo y no Pedro el que habría de desafiar las puertas del Hades al someterse al sufrimiento y a la muerte.  Además, si Pedro hubiera entendido que era él y no Jesús quien iba a enfrentar la muerte, no sería lógica su reacción (vers. 22). Hades. Ver com. cap. 11: 23.

No prevalecerán. Según Elena de White, las puertas del infierno prevalecieron contra Pedro cuando negó tres veces a su Señor (DTG 381).  Literalmente, prevalecieron cuando la muerte lo retuvo (Juan 21: 18-19).

El significado pleno de lo que Cristo quiso decir cuando afirmó que las "puertas del Hades" no prevalecerían, puede entenderse por el hecho de que inmediatamente comenzó a hablar de cómo iba a padecer "y ser muerto y resucitar al tercer día" (ver com.  Mat. 12: 40; cf. DTG 386). Cristo triunfó gloriosamente sobre todo el poder de Satanás, y por ese triunfo aseguró la victoria de su iglesia en la tierra.

19. LAS LLAVES. Las llaves del reino son las palabras de Cristo (DTG 381).  Es importante señalar que Cristo mismo dice que la "llave" que da acceso al reino es la "llave de la ciencia" o del conocimiento (Luc. 11: 52).  Las palabras de Jesús son espíritu y son vida para todos los que las reciben (Juan 6: 63); ellas son las que dan vida eterna (Juan 6: 68).  La palabra de Dios es la llave de la experiencia del nuevo nacimiento (1 Ped. 1: 23).

Así como las palabras pronunciadas por Jesús convencieron a los discípulos de la divinidad de su Maestro, así también ellos, como embajadores de Jesús, debían repetir sus palabras a otros hombres, a fin de reconciliarlos con Dios (2 Cor. 5: 18-20).  

El poder salvífico del Evangelio es lo único que puede permitir la entrada de los seres humanos en el reino de los cielos.  Cristo sencillamente confió a Pedro y a todos los otros discípulos (ver com.  Mat. 18: 18; Juan 20: 23) la autoridad y el poder de llevar a los hombres al reino.  Cuando Pedro percibió la verdad de que Jesús era el Cristo, fueron colocadas en sus manos las llaves del reino y le fue abierta la puerta del reino. Lo mismo puede decirse de todos los seguidores de Cristo hasta el mismo fin del siglo.  

La afirmación de que Cristo concedió a Pedro mayor autoridad que a los otros discípulos, o que le otorgó una autoridad diferente de la que ellos tenían, carece de base bíblica (ver com.  Mat. 16: 18 ).  En verdad, entre los apóstoles, fue Jacobo, y no Pedro, el que desempeñó funciones administrativas en la iglesia primitiva de Jerusalén (Hech. 15: 13, 19; cf. caps. 1: 13; 12: 17; 21: 18; 1 Cor. 15: 7; Gál. 2: 9, 12).  Por lo menos en una ocasión Pablo resistió públicamente a Pedro, por lo que el primero consideraba como un proceder erróneo del segundo (Gál. 2: 11-14), lo que indudablemente no habría hecho si hubiera estado enterado de que Pedro poseía los derechos y los privilegios que algunos ahora le atribuyen basándose en Mat. 16: 18-19.

Reino de los cielos. Así como ocurre frecuentemente en el registro del ministerio de la vida de Cristo, el reino de los cielos se refiere en este pasaje al reino de la gracia divina en el corazón de aquellos que son sus ciudadanos, aquí y ahora (ver com. cap. 4: 17; 5: 3).  Nadie puede esperar entrar en el futuro reino de la gloria (ver com. cap. 25: 31, 34) si no ha pasado primeramente por el reino presente de la gracia divina.

Lo que atares. Este pasaje dice literalmente: "Y lo que atares sobre la tierra habrá sido atado en los cielos, y lo que desataras en la tierra habrá sido desatado en los cielos".  Evidentemente debe entenderse que la iglesia en la tierra sólo requerirá lo que el cielo requiere y prohibirá sólo lo que el cielo prohíbe. Esta parecería ser la clara enseñanza bíblica (ver com.  Mat. 7: 21-27; Mar. 7: 6-13).  Cuando los apóstoles salieron a proclamar el Evangelio, de acuerdo con la misión que les había sido dada (Mat. 28: 19-20), debían enseñar a los conversos que guardaran "todas las cosas" que Jesús había mandado: ni más ni menos.

Si se amplía el significado de los verbos "atar" y "desatar" hasta abarcar la autoridad de dictar lo que los miembros de la iglesia pueden creer y lo que pueden hacer en asuntos de fe y de práctica, se le da un sentido más abarcante del que Cristo quiso darles y que el que los discípulos pudieron entender en esa ocasión.  Dios no sanciona esa pretensión.  Los representantes de Cristo en la tierra tienen el derecho y la responsabilidad de atar todo lo que ya ha sido atado en el cielo, y de desatar todo lo que ya ha sido desatado en el cielo, es decir, de exigir o de prohibir aquello que la Inspiración revela con claridad.  Ir más allá de esto, es poner la autoridad humana en lugar de la autoridad de Cristo (ver com.  Mar. 7: 7-9), tendencia que Dios no puede tolerar en aquellos que han sido designados como supervisores de los ciudadanos del reino de los cielos en la tierra.

20. A nadie dijesen. Hasta casi el fin de su ministerio, en ocasión de la entrada triunfal en Jerusalén, Jesús evitó que se tratara en público el hecho de que él era el Mesías.  Nunca proclamó públicamente que él era el Mesías.  Al parecer, para evitar la publicidad de su mesianismo (ver com.  Mar. 1: 24-25), Cristo, en repetidas ocasiones, mandó a los espíritus de demonios que no se dirigieran a él llamándolo "Santo de Dios" (Mar. 1: 24-25, 34; 3: 11-12; Luc. 4: 34-35, 41).  Al recorrer Galilea, los doce no debían entrar en controversias acerca de si Jesús era o no el Mesías (DTG; 316), porque las erróneas ideas populares acerca del Mesías (DTG 22, 382-383; ver com.  Luc. 4: 19) tenderían a impedir la proclamación y la recepción del Evangelio.  La gente habría entendido tal proclamación en un sentido político, así como lo hicieron en ocasión de la entrada triunfal en Jerusalén (ver com.  Mat. 21: 1, 5; Juan 6: 15).

21. Desde entonces. La conversación de los vers. 13-20 era una introducción apropiada al tema que Jesús presentó aquí por primera vez: la descripción de sus inminentes sufrimientos, su muerte y su resurrección (ver com. vers. 13).  No puede saberse si las instrucciones y la conversación de los vers. 21-28 ocurrieron en seguida después de lo relatado en la sección anterior, o algún tiempo después.  Es posible que hubiera transcurrido otro corto lapso entre los vers. 23 y 24 (Mar. 8: 34; DTG 384).  Sea como fuere, parecería que toda la conversación que se registra en los vers. 14-28 ocurrió en la región de Cesarea de Filipo (ver com. vers. 13; cf.  DTG 379, 387).  En este momento, es probable que ya estuvieran a fines del verano (agosto-septiembre) del año 30 d. C. (ver com. vers. 13).

Hasta este momento, Jesús no parece haberles dicho a sus discípulos que él era el Mesías (ver com. vers. 13, 16), ni mucho menos les había dicho que, como Mesías, debía morir por los pecados del mundo.  Es verdad que había hecho alusión a su muerte en una afirmación un tanto enigmática en ocasión de la primera purificación del templo, más de dos años antes (ver com.  Juan 2: 19), y a Nicodemo le había expuesto con claridad, aunque en forma privada, el hecho de que moriría y la forma cómo moriría (Juan 3: 14).  Pero desde ese momento, Jesús, en repetidas ocasiones, trató el asunto con sus discípulos, sin duda en un esfuerzo por apartar de la mente de ellos los falsos conceptos populares que los judíos albergaban con referencia al Mesías y a su reino (ver com.  Luc. 4: 19).  La dificultad que tuvieron los discípulos en esta ocasión para aceptar la idea de que el Mesías debía sufrir y morir (Mat. 16: 22) hace resaltar el problema que tuvo Cristo en liberarlos de esos falsos conceptos.  Vez tras vez (cap. 17: 22-23; 20: 17-19) trató el asunto con ellos.  Pero el chasco que experimentaron cuando finalmente llegó el momento del sufrimiento de Cristo demostró que la eficacia de la instrucción que Cristo les había impartido al respecto había sido sólo parcial.

Le era necesario. Era necesario que Cristo lo hiciera a fin de cumplir el plan de su vida terrenal (cf.  Mar. 8: 31; 9: 12; etc.). El único modo por el cual Jesús podía cumplir con su misión era por medio de la cruz. 

Jerusalén. Desde este momento, Jesús "afirmó su rostro para ir a Jerusalén" (ver com.  Luc.  9: 51), y finalmente fue hacia allí, quizá unos tres o cuatro meses más tarde.

Padecer mucho. Como ya había sido profetizado (Sal. 22: 1, 7-8, 15-18; Isa. 53: 3-10; etc.). Los sufrimientos de Jesús tienen significado para nosotros porque él es el Hijo de Dios, el Mesías de las profecías del AT y el Redentor de la humanidad.  Por ser el Mesías, debía sufrir.

Los ancianos. Debido a que el griego emplea aquí un solo artículo para los tres sustantivos, parece indicar que Jesús se estaba refiriendo a los ancianos, los principales sacerdotes y los escribas como a un solo grupo, no como a tres grupos separados.  Quizá este grupo fuera el sanedrín, cuyos miembros pertenecían a estos tres grupos.  Con referencia a los "principales sacerdotes", ver com. cap. 2: 4.  En cuanto a los "escribas", ver com.  Mar. 1: 22.  El sanedrín era el supremo cuerpo legislativo y judicial de Israel, y tenía 71 miembros (ver p. 68).

Ser muerto. Vez tras vez Jesús expuso claramente que moriría y que resucitaría.  Sin embargo, los discípulos no comprendieron lo que Cristo quería decirles (Mar. 9: 10, 32) y prefirieron creer ciegamente lo que querían creer y pasar por alto lo que resultaba desagradable a sus opiniones preconcebidas (DTG 22).

Al tercer día. Ver pp. 239-242.

22. Comenzó a reconvenirle. Pedro "comenzó", pero Jesús lo detuvo antes de que pudiera concluir.  Más tarde, se demostró la temeridad de Pedro cuando tomó la espada para intentar defender a Jesús Juan 18: 10; cf. Mat. 26: 33-35).

Señor, ten compasión de ti. Pedro empleó una expresión idiomática judía que significaba "Dios tenga de ti misericordia".  Pedro no podía entender cómo podría sufrir el Mesías; las ideas de un Mesías y de un "varón de dolores", "siervo" de Dios (cf.  Isa. 52: 13 a 53: 3) eran irreconciliables para él.  En su protesta Pedro reveló su propio egoísmo.  Quería seguir a Jesús, pero no quería aceptar la idea de estar ligado a un programa que había de acabar en sufrimiento y muerte (ver DTG 383-384; com.  Mat. 16: 24-25).

En ninguna manera. En griego, así como en la traducción de la RVR, se emplea una forma enfática.  "¡De ningún modo te sucederá esto!" (BJ).

23. El, volviéndose. Al parecer, Cristo se volvió de Pedro a los otros discípulos (Mar. 8: 33), pero dirigió estas palabras a Pedro.

¡Quítate de delante de mí! La idea que Pedro había expresado era la del tentador, y la respuesta de Cristo iba dirigida al enemigo invisible que la había sugerido.  Estas eran las mismas palabras que Cristo había usado para rechazar al tentador en el desierto (Luc. 4: 8) y representan la más severa reprensión pronunciada alguna vez por Jesús. La orden significa literalmente: "Ponte detrás de mí", pero en una traducción más libre podría ducirse "¡quítate de mi vista!" (BJ) o simplemente "vete".  Pedro había permitido que el diablo lo usara como portavoz del príncipe del mal.  Sin embargo, las palabras de Cristo no se dirigían tanto a Pedro como al que había sugerido sus palabras.

Tropiezo. Gr. skándalon, específicamente el gatillo de la trampa donde se pone la carnada; en forma metafórico, "tropiezo", "motivo de tropiezo", "impedimento".  Aquí Jesús se refiere a Pedro como un estorbo en su camino a la cruz (ver com. vers. 21).

No pones la mira. Gr. fronéÇ, "tener entendimiento", "pensar".  "No tienes entendimiento de las cosas de Dios" o "Tus pensamientos no son los de Dios" (BJ).  Pocos versículos antes se registra el hecho de que había expresado una verdad divina acerca de Jesús, la cual le había sido revelada por el Padre (vers. 17).  Ahora expresaba lo que le ha sugerido el enemigo de todo lo bueno. ¡Cuán pronto Pedro había cambiado de bando en la gran controversia!

24. Si alguno. Jesús se dirige aquí a todos los discípulos (Luc. 9: 23).  Marcos (cap. 8: 34) añade que había también algunas otras personas presentes, quizá algunos judíos de la región que habían oído de sus maravillas en Galilea y que habían llegado a creer en él.  Con referencia a las ideas expresadas en los vers. 24-25, ver com. cap. 10: 38-39.

Niéguese a sí mismo. Es decir, "renuncie a sí mismo", someta su voluntad a Cristo, para vivir en adelante para Cristo y no para sí mismo.

Tome su cruz. Es decir, que asuma las responsabilidades que acompañan al discipulado, aunque  al hacerlo sea llamado a pagar el precio supremo.  La cruz no era un instrumento judío, sino romano, que servía para ejecutar a los criminales (ver com. cap. 10: 38).  Sin embargo, en los días de Cristo la cruz era bien conocida en Palestina. 

Un criminal condenado a morir crucificado, tomaba literalmente su cruz, o al menos el travesaño de su cruz, que llevaba hasta el lugar de la ejecución.  Es probable que Cristo se estuviera refiriendo a esta costumbre.  En el contexto en el cual Cristo menciona llevar la cruz, no se refiere tanto a las pequeñas dificultades y a los obstáculos que deberían enfrentar los discípulos, sino más bien a la necesidad de estar dispuestos a hacer frente a la misma muerte (cf. cap. 16: 21-22).  Pedro acababa de tratar de persuadir a Jesús para que abandonara el plan divino que demandaba que el Salvador tomara su cruz. Jesús le responde aquí que eso era imposible porque ésa no era la voluntad del Padre, y que si Pedro había de seguir siendo discípulo, debía estar dispuesto a pagar el precio, lo que finalmente hizo (ver com.  Juan 21: 18-19).  

En otros pasajes, Cristo presentó la idea adicional de que los discípulos debían tomar su cruz "cada día" (Luc. 9: 23), al consagrarse a la vida de servicio a la cual habían sido llamados.  Si los hombres odiaban a Jesús, bien podía esperarse que odiaran tabmién a sus representantes, los discípulos (ver Juan 15: 18; 16: 33; com.  Mat. 10: 22).

Sígame. El que quiera ser su discípulo, en primer lugar debe renunciar a sí mismo, renunciar a sus propios planes, a sus propios deseos.  Después, debe estar dispuesto a llevar cualquier cruz que el deber le pida llevar.  Finalmente, debe seguir en las pisadas de Jesús (1 Ped. 2: 21).  Seguir a Jesús equivale a seguir en nuestra propia vida el modelo de la vida del Salvador, sirviendo a Dios y a nuestros prójimos como él lo hizo (1 Juan 2: 6).

25. Salvar su vida. Ver com. cap. 10: 39.  En este contexto, salvar la vida equivale a buscar primeramente las cosas de esta vida, olvidando "el reino de Dios y su justicia" (cap. 6: 33).

Pierde su vida. Uno pierde la vida por causa de Cristo cuando se niega a sí mismo y toma la cruz de Cristo (ver com.  Mat. 5: 11; 16: 24; cf. 1 Ped. 4: 12-13).

La hallará. He aquí otro aspecto de esta gran paradoja evangélica.  Para el cristiano no puede haber corona sin cruz, aunque Satanás en el desierto ofreció a Cristo la corona de este mundo por otro camino que no era el de la cruz (ver com. cap. 4: 8-9; 16: 22).

26. Mundo. Gr. kósmos, palabra que aquí designa lo que el mundo ofrece en riqueza material, beneficios, etc.  La ambición de las fuerzas del mal, visibles e invisibles, siempre ha sido y siempre es la de ganar "todo el mundo".

Alma. Gr. psuj' (ver com. cap. 10: 28).

¿Qué recompensa dará? Cristo emplea aquí una vigorosa ilustración a fin de hacer resaltar una verdad eterna.  No hay ninguna respuesta adecuada para esta pregunta.

27. Hijo del Hombre. Este es el título que Jesús solía darse a sí mismo (com. Mar. 2:10; Nota Adicional de, Juan 1).

Vendrá en la gloria. Se asegura a quienes pierden la vida por amor de Cristo que la encontrarán cuando el Señor vuelva en gloria al fin de los tiempos (1 Cor. 15: 51-55; 1 Tes. 4: 16-17).  En ese momento todo hombre puede esperar que recibirá su recompensa (2 Tim. 4: 8; Apoc. 22: 12).  Cristo acababa de hablar de los cristianos que perdían la vida (Mat. 16: 25) por causa del Señor.  Si la recompensa por el sacrificio había de ser recibida en el momento de la muerte, como lo indica la teología popular, parecería extraño que Jesús aquí declarara específicamente que esta recompensa no será dada hasta que él mismo vuelva en gloria (ver com. cap. 25: 31).

Con sus ángeles. Cf.  Mat. 24: 31; 1 Cor. 15: 52; 1 Tes. 4: 16.

Conforme a sus obras. Es decir, según lo que ha hecho en esta vida. Cristo enseñó la misma verdad enfáticamente en las parábolas de las ovejas y de los cabritos (cap. 25: 31-46), del rico y Lázaro (Luc. 16: 19-31), de la cizaña (Mat. 13: 24-30), de la red cap. 13: 47-50), y de la fiesta de bodas (cap. 22: 1-14).  No hay nada en las enseñanzas de Cristo que pueda interpretarse como un indicio de que habrá para los seres humanos una segunda oportunidad cuando podrán escapar a la retribución de sus malas acciones cometidas en esta vida.  Las Escrituras presentan siempre a esta vida como el "día de salvación" (Isa. 49: 8; 2 Cor. 6: 2), el tiempo cuando debemos ocuparnos con temor y temblor de nuestra salvación (Fil. 2: 12), la cual es por fe en Cristo y por la obra misericordiosa del poder del Espíritu Santo.

28. De cierto. Ver com. cap. 5: 18.

Hasta que hayan visto. Es importante que los tres Evangelios sinópticos registren el relato de la transfiguración inmediatamente después de esta predicción.  Los antiguos manuscritos griegos no tienen división de capítulo ni de versículo.  Por eso, el cap. 17: 1 sigue inmediatamente al 16: 28, sin interrupción.  Los tres evangelistas registran que la transfiguración 426 ocurrió como una semana después de esta afirmación, implicando así que era el cumplimiento de la predicción.  La relación entre las dos narraciones parecería excluir la posibilidad de que Jesús se estuviera refiriendo aquí a otro acontecimiento fuera de la transfiguración, la cual fue una demostración en miniatura del reino de gloria.  Sin duda, Pedro lo entendió así (2 Ped. 1: 16-18).

Hijo del Hombre. Ver com.  Mat. 1: 1; Mar. 2:10; Nota Adicional de Juan 1. (5CBA).

COMENTARIOS DE EGW

"PREVISIONES DE LA CRUZ" (Basado en San Mateo 16:13-28; San Marcos 8:27-38; San Lucas 9:18-27).

https://elaguila3008.blogspot.com/2009/11/dtg-capitulo-45-previsiones-de-la-cruz.html

Ministerio Hno. Pio