SI POSEEMOS la humildad de nuestro Maestro, nos elevaremos por encima de
los desprecios, los rechazamientos, las molestias a las que estamos diariamente expuestos; y estas cosas dejarán de oprimir nuestro ánimo.
LA MAYOR evidencia de nobleza que haya en el cristiano es el dominio propio.
El que bajo un ultraje o la crueldad no conserva un espíritu confiado y sereno
despoja a Dios de su derecho a revelar en él su propia perfección de carácter.
La humildad de corazón es la fuerza que da la victoria a los discípulos
de Cristo; es la prenda de su relación con los atrios celestiales.
"Porque Jehová es excelso, y atiende al humilde..."* (Salmos 138:6).
Los que revelan el espíritu manso y humilde de Cristo, son considerados tiernamente por Dios. El mundo puede mirarlos con desprecio, pero son de gran valor ante los ojos de Dios.
No sólo los sabios, los grandes, los benefactores, obtendrán entrada en los
atrios celestiales; no sólo el activo trabajador, lleno de celo y actividad incesante.
No; el pobre de espíritu que anhela la presencia permanente de Cristo, el humilde de corazón, cuya más alta ambición es hacer la voluntad de Dios, éstos obtendrán abundante entrada. Se hallarán entre aquellos que habrán lavado sus ropas y las habrán blanqueado en la sangre del Cordero. "Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo: y el que está sentado en el trono tenderá su pabellón sobre ellos." (Apocalipsis 7:15). DTG 269 EGW/MHP